D. Alfonso.
¿Dejaros?... ¿Quién?... ¿Yo dejaros
sin ver vuestra sangre impura
vertida por esta espada
que arde en mis manos desnuda?
Pues esta celda, el desierto,
ese sayo, esa capucha,
ni á un vil hipócrita guardan,
ni á un cobarde infame escudan.
D. Álvaro.