Un hombre muy rico envió por un médico para curarle de su enfermedad, que era pura aprensión. Cuando el médico llegó, le tomó el pulso, le preguntó qué era lo que sentía y viendo que estaba bueno según todas las apariencias, le 125 preguntó:
—¿Come Vd. bien?
—Sí, señor.
—¿Duerme Vd. bien?
—Sí, señor. 130
—Bien,—dijo el médico;—voy a recetarle una medicina con que pierda Vd. todo eso.
Hallándose un marido en peligro de muerte, llamó a su mujer y le dijo:
—Moriré contento, si me das palabra de no casarte con ese 135 oficial que te hace la corte.
—No tengas cuidado,—respondió ella,—que ya he dado la palabra a otro.
Un borracho oyó las dos
Y dijo con mucha paz 140
—¡Hombre! ¿dos veces la una?
Ese reloj anda mal.