—Bien; oye.

Y Macario, contando la historia de su corazón despertado y exigente, y hablando del amor con las exaltaciones de entonces, pidiole, como la gloria de su vida, que hallase un medio de encajarlo allí. No era difícil. Las Villaças acostumbraban ir los sábados a casa de un notario muy rico, en la calle de los Calafates; eran reuniones sencillas y pacatas, en donde se cantaban motetes con música de clavicordio, se glosaban motes y había juegos de prendas del tiempo de la señora doña María I, y a las nueve, la criada servía horchata. Bien. El primer sábado, Macario, de casaca azul, calzas de Nankin con presillas de metal, corbata de raso rojo, curvábase delante de la esposa del notario, la señora doña María de la Gracia, persona seca y ahilada, con un vestido bordado a matiz, una nariz corva, un enorme anteojo de concha y una pluma de marabout en sus cabellos grises. En un rincón de la sala, entre un frou-frou de vestidos enormes, estaba la pequeña Villaça, la rubia, vestida de blanco, sencilla, fresca, con su aire de grabado en color. La madre, la soberbia mujer pálida, cuchicheaba con un magistrado de figura apoplética. El notario era hombre letrado, latinista y amigo de las musas; escribía en un periódico de entonces, La alcoba de las damas, porque era, sobre todo, galante, y él mismo se intitulaba, en una oda pintoresca, mozo escudero de Venus. Así, sus reuniones eran ocupadas por las bellas artes, y en esa noche, un poeta del tiempo debía leer un poemita intitulado ¡Elmira, o la venganza del veneciano!...

Comenzaban entonces a aparecer las primeras audacias románticas. Las revoluciones de Grecia principiaban a atraer a los espíritus románticos y salidos de la mitología hacia los países maravillosos de Oriente. Por dondequiera se hablaba del pachá de Janina. La poesía apoderábase vorazmente de este mundo nuevo y virginal de minaretes, serrallos, sultanas color de ámbar, piratas del Archipiélago y salas tapizadas, llenas de perfume del áloe, en donde pachás decrépitos acarician leones. De suerte que la curiosidad era grande; y cuando el poeta apareció con los cabellos largos, la nariz aquilina y fatal, el pescuezo embarazado en la alta gola de su frac a la Restauración y un canuto de lata en la mano, Macario fue el único que no experimentó sensación alguna, porque estaba todo embebecido hablando con la niña de Villaça. Decíale afablemente:

—¿Y entonces, el otro día, le gustó el cachemir?

—Mucho —dijo ella en voz baja.

Desde ese momento, envolvioles un destino nupcial.

Entretanto, en el amplio salón, pasábase la noche espiritualmente. Macario no me pudo dar todos los pormenores históricos y característicos de aquella asamblea. Recordaba apenas que un corregidor de Leiria recitaba el Madrigal a Lidia; leíalo de pie, con una lupa redonda aplicada sobre el papel, la pierna derecha adelantada, la mano en la abertura del chaleco blanco de gola alta. Y a la redonda, formando círculo, las damas, con vestidos de ramazón, cubiertas de plumas, las mangas estrechas terminadas en vuelos fofos de encaje, mitones de seda negra llenos del centelleo de los anillos, tenían sonrisas tiernas, cuchicheos, dulces murmuraciones, risitas y un blando palpitar de abanicos recamados de lentejuelas.

—¡Muy bonito —decían—, muy bonito!

—Y el corregidor, desviando el lente, cumplimentaba sonriendo y veíasele un diente podrido.

Luego, la preciosa doña Jerónima de la Piedad y Sande, sentándose con maneras conmovidas ante el clavicordio, cantó con su voz gangosa la antigua aria de Lully: