¡Oh, Ricardo!; ¡oh, mi rey!
El mundo te abandona,
lo que obligó al terrible Gaudencio, demócrata del 20 y admirador de Robespierre, a murmurar rencorosamente junto a Macario:
—¡Reyes!... ¡Víboras!
Después, el canónigo Saavedra cantó una romanza de Pernambuco, muy usada en el tiempo del señor Don Juan VI: lindas mozas, lindas mozas.
Así fue corriendo la noche, literaria, pachorrienta, erudita, requintada y toda llena de musas.
Ocho días después, Macario era recibido en casa de la Villaça, en un domingo. Convidáralo la madre, diciéndole:
—Espero que el vecino honre aquella choza.
El magistrado apoplético, que estaba al lado, exclamó:
—¿Choza? Diga alcázar, hermosa dama.