En esta noche hallábanse allí el amigo del sombrero de paja, un viejo caballero de Malta, renco, estúpido y sordo, un beneficiado de la catedral, ilustre por su voz de tiple, y las hermanas Hilarias, de las cuales, la más vieja, habiendo asistido, como aya de una señora de la casa de la Mina, a la torada de Salvatierra, en que murió el conde de los Arcos, nunca dejaba de narrar los pintorescos episodios de aquella tarde; la figura del conde de los Arcos, de cara rapada y una cinta de raso escarlata en la coleta; el soneto que un magro poeta, parásito de la casa de Vimioso, recitó cuando el conde entró, haciendo ladear su caballo negro, enjaezado a la española, con una gualdrapa en donde figuraban sus armas labradas en plata; el tumbo que en ese momento dio un fraile de San Francisco desde las gradas más altas, y la hilaridad de la corte, que hasta la condesa de Pavolide se llevaba las manos a los costados; después, el rey, el señor Don José I, vestido de terciopelo escarlata, recamado de oro, acodado en el borde de su palco y haciendo girar entre dos dedos su caja de rapé guarnecida, y por detrás, inmóviles, el médico Lourenço y el fraile, su confesor; después, el rico aspecto de la plaza llena de gente de Salvatierra, mayorales, frailes, lacayos y el grito que hubo, cuando Don José I entró: ¡Viva el rey, nuestro señor! Y el pueblo se arrodilló y el rey habíase sentado, y comía dulces que le ofreció un criado, en una bolsa de terciopelo.

Luego, la muerte del conde de los Arcos, los desmayos, y hasta el rey, todo inclinado, batiendo con la mano en el antepecho, gritando en la confusión; y el capellán de la casa de los Arcos, que había salido corriendo desaladamente a buscar la extremaunción. Ella, Hilaria, quedara aterrada de pavor; sentía los mugidos de los bueyes, gritos agudos de mujeres, los aullidos de los flatos, y viera entonces a un viejo, todo vestido de terciopelo negro, con la fina espada en la mano, debatirse entre hidalgos y damas que lo sujetaban, y querer tirarse a la plaza, bramando de rabia. «Es el padre del conde», explicaban en torno. Ella desmayárase en los brazos de un padre de la Congregación. Al volver en sí, hallose junto a la plaza; a la puerta estaba la berlina real, con los postillones emplumados, los machos llenos de cascabeles, y, al frente, los batidores a caballo; veíase allá dentro al rey, escondido en el fondo, pálido, sorbiendo febrilmente rapé, todo encogido, con el confesor, y par a par, con una de las manos apoyadas en el alto bastón, hombrachón, fuerte, el aspecto melancólico, el marqués de Pombal hablaba despacito e íntimamente, gesticulando con el lente. Los batidores picaron, resonaron los estallidos de los postillones, y la berlina partió al galope, mientras el pueblo gritaba: ¡Viva el rey, nuestro señor! ¡Y la campana de la capilla del palacio tocaba a difuntos! Era una honra que concedía el rey a la casa de los Arcos.

En el punto en que doña Hilaria acabó de contar, suspirando, estas desgracias pasadas, comenzose a jugar. Macario no recordaba lo que se había jugado en esa noche radiosa, lo cual parece singular. Solo se acordaba de que había quedado al lado de la pequeña de Villaça (que se llamaba Luisa), que reparara mucho en su fina piel rosada, embebida en luz, y en la dulce y amorosa pequeñez de su mano con las uñas más pulidas que el marfil de Dieppe. Se acordaba también de un accidente excéntrico, que le había hecho determinarse, desde ese día, a sentir una gran hostilidad al clero de la catedral. Macario estaba sentado a la mesa, y a su lado Luisa, la cual habíase vuelto hacia él, con una de las manos sosteniendo su fina cabecita rubia y amorosa, y la otra descansando en el regazo. El beneficiado sentárase enfrente, con su bonete negro, sus anteojos en la punta aguda de la nariz, el tono azulado de la fuerte barba rapada, y sus dos grandes orejas, complicadas y llenas de pelo, separadas del cráneo como dos postigos abiertos. En esto, como era necesario al final del juego pagar unos tantos al caballero de Malta, que cayera al lado del beneficiado, Macario sacó del bolsillo una moneda y en tanto el caballero, todo curvado y bizqueando un ojo, hacía la suma de los tantos en el dorso de un as, Macario conversaba con Luisa, haciendo girar sobre el paño verde su moneda de oro, como un bolillo o un peón. Era una moneda nueva que relucía, chispeaba, rodando, y hería la vista como una bola de nieve iluminada. Luisa sonreía viéndola girar, girar, y le parecía a Macario que todo el cielo, la pureza, la bondad de las flores y la castidad de las estrellas estaban en aquella clara sonrisa distraída, espiritual, arcangélica, con que ella seguía el giro fulgurante de la moneda nueva de oro. De repente, la pieza, corriendo hasta el borde de la mesa, cayó hacia el lado del regazo de Luisa y desapareció sin que se oyese en el suelo de madera su sonido metálico. El beneficiado inclinose en seguida cortésmente; Macario apartó la silla, mirando por debajo de la mesa; la Villaça madre alumbró con un candelabro, y Luisa irguiose y sacudió con un levísimo golpe su vestido de muselina. La moneda no pareció.

—¡Es célebre! —dijo el amigo del sombrero de paja—, yo no la oí sonar en el suelo.

—¡Ni yo, ni yo! —dijeron.

El beneficiado, curvado, buscaba tenazmente, y la Hilaria más joven, murmuraba el responso de San Antonio.

—Pues la casa no tiene agujeros —decía la Villaça, madre.

—¡Desaparecer así! —refunfuñaba el beneficiado.

Macario exhalábase en exclamaciones desinteresadas:

—¡Por el amor de Dios! ¡No busquen más! ¡Qué más da! ¡Mañana parecerá! ¡Tengan la bondad! ¡Háganme el favor! ¡Doña Luisa! ¡Por el amor de Dios! ¡No vale nada!