Pero mentalmente estableció que hubiera una sustracción, y se la atribuyó al beneficiado. La pieza rodara, seguramente hasta junto de él, sin ruido: pusiérale encima su vasto zapato eclesiástico y tachuelado; y, después, en el movimiento brusco y corto que había hecho, aprehendiérala vilmente. Cuando salieron, el beneficiado, todo embozado en su amplia capa de camelote, decía a Macario por la escalera:

—¿Mire usted que la desaparición de la moneda, eh? ¡Qué broma!

—¿Le parece a usted, señor beneficiado? —dijo Macario, deteniéndose, pasmado de la impudencia.

—¿Que si me parece? ¡Si le parece! ¡Una moneda de oro! ¡Solo si usted las siembra!... ¡Porra! ¡Yo me volvía loco!

Macario sintió tedio de aquella astucia fría. No le respondió. El beneficiado, añadió:

—¡Mande allá mañana por la mañana, hombre! ¡Qué diablo!... ¡Dios me perdone! ¡Qué diablo! Una moneda no se pierde así. ¡Qué mala suerte, eh!

Macario sentía ganas de pegarle. Estando en esto fue cuando Macario me dijo con su voz singularmente sensible:

—En fin, amigo mío, para abreviar razones, resolví casarme con ella.

—¿Y la moneda?

—¡No pensé más en eso! ¡Iba a pensar yo entonces en la moneda! ¡Resolví casarme con ella!