II
Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera, en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo, superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente, sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
—No.
—¡Perdón, tío Francisco!
—No.
—Mas oiga, tío Francisco...
—No.
Macario sintiose poseído de una gran cólera.