—Tío Francisco... —comenzó Macario.
—Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva, inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
—Con mucho gusto, amigo mío —me dijo—. ¡Quién me lo diera aquí! Mas si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento; pero...
Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años.
Y todos lo sentían; pero...
Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo. Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina. Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando, pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un descampado.
Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos, levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco, rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.