Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa, tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.

Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario. Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con sus blancos dientecillos; decía a todo ¿sí?; era muy simple, casi indiferente, llena de transigencias.

Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía sueño.

Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta interior.

—¿Te vio mamá? —dijo ella.

Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.

—¿Por qué no vienes a pedir mi mano?

—¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.

Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.

—Por lo menos —dijo ella— hasta que yo no te haga seña desde la ventana, no subas más, ¿sí?