Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y desesperados.
—¡Chist! —decíale Luisa—. ¡No llores alto!...
Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
—Es todo lo que tengo —y mostrábale unas perras—. Ropa, estoy sin ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los lentes, le miró:
—Su pupitre allí está. Quede —y añadió, con un gesto decisivo— soltero.
—¡Tío Francisco, óigame!...
—Soltero, he dicho —continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la navaja en el asentador.
—No puedo.