—¡Entonces, a la calle!
Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea. Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
—¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
—¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le traía un desenlace.
—¿Quieres?
—Todo.
Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.