—¡Dispuesto! —dijo Macario—. ¡Pronto! Mañana.

Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal, tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura, díjole:

—Haces bien. Tal vez te hagas rico.

Y al otro día, Macario partió.

Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias, la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se exhala la muerte.

Volvió.

Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca, reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un año.

—¿Por qué? —pregunté yo a Macario.

Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.

Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al trabajo, como un avaro a su cofre.