Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente trabajado.
Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza. Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa. Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo, empalideció, y dijo sencillamente:
—¡Liquido y pago!
Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro viaje y otros negocios.
—¡Volver a Cabo Verde otra vez!
—¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! —dijo el señor Eleuterio Peres.
En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara... ¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir; descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba la xácara mourisca. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina, con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió abrir la ventana y preguntar al tío:
—¿Quién es?
—Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano. Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.