—Suba —dijo el tío.

Macario iba callado, cosido al pasamano.

En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos, esperó.

Macario permanecía callado, mesándose la barba.

—¿Qué quiere? —gritole el tío.

—Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.

—Buen viaje.

Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los dedos en la vidriera.

Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se dispuso a salir.

—¿Adónde va, estúpido? —le gritó el tío.