—Me voy.
—¡Siéntese ahí!
Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
—¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal! Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien! ¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé! Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche! Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería abrazarlo:
—Bueno, bueno. ¡Adiós!
Macario iba a salir.
—¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una botella antigua de Oporto, y bizcochos.
—¡Coma!