Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una lágrima por entre las arrugas de la piel.
De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa comenzó a disponer su equipo.
Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había abajo, en la misma casa.
Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul turquí, profundo, luminoso, consolador.
—¡Qué lindo día! —dijo Macario.
Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
—¡Muy lindo! —dijo ella—. Mas pueden reparar: nosotros solos...
—Deja. ¡Se va tan bien así!...
—No, no.