Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:

—Quería ver sortijas.

—Con piedras —dijo Luisa—. Lo más bonito.

—Sí, con piedras —dijo Macario—. Amatista, granate... En fin, lo mejor.

Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.

—Mira, Luisa —dijo Macario.

El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador, encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro, con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:

—Es feo... Es pesado... Es largo...

—Mira este —le dijo Macario.

Era un anillo con unas perlas.