—Es bonito —respondió ella—. ¡Es muy lindo!

—Deja ver si te sirve —añadió Macario.

Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos esmaltados.

—Es muy grande —dijo Macario—. ¡Qué pena!

—Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está listo.

—Buena idea —dijo Macario—; sí, señor. Porque es muy bonito, ¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y estos pendientes? —preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro escaparate—. ¿Estos pendientes con una concha?

—Diez monedas, dijo el dependiente.

Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente y precioso.

Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que va llevando distraídamente la mano por la cara.

—Bien —dice Macario aproximándose—; entonces, mañana tendremos el anillo. ¿A qué hora?