El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.

—¿A qué hora?

—Al mediodía.

Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos, pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.

—¡Perdón! —dijo de repente el joyero.

Volviose Macario.

—El señor no ha pagado...

Macario le miró gravemente:

—Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.

—¡Perdón! —insistió el dependiente—. Mas el otro...