Un personaje parece el principal en la obra: Enrique; pero, y he aquí el arte de Amicis, al mismo tiempo que forja a éste, surjan otras figuras que el lector va conociendo por trozos, por fracciones, de una manera tan perfecta como al mismo Enrique, en tanto que se imagina que toda su atención se encuentra fija en aquél.
No podría explicarme y explicar bien este arte especial, sui géneris, de Amicis, sin recurrir a un símil.
Un pintor genial trata de asombrar a alguien que lo ve trabajar.
En el lienzo aparece un cuadro admirable, un paisaje lleno de luz; pero al mismo tiempo, cada vez que moja los pinceles para trazar un rasgo en el lienzo, da otro trazo en la paleta, en que nace otro paisaje aún más bello, y cuando el que ve pintar se admira y se extasía ante el cuadro que se halla en el caballete, nota de pronto que en la paleta hay otro más bello, otro paisaje que ha sido pintado como al descuido, en una serie de golpes de pincel que se creerían dados al acaso.
Pues bien, así me imagino a Amicis: en el lienzo que está en el caballete, va pintando ostensiblemente un alma, la de Enrique, que aparece con trazos fuertes y hermosísimos, y al mismo tiempo, como al descuido, mientras moja los pinceles, va haciendo aparecer en la paleta no una, sino muchas almas, tan bellas como la otra o más bellas aún, y el lector siente cómo brotan a cada página figuras y más figuras, hermosas y fuertes, de líneas precisas, que ha ido comprendiendo, que han llegado a su alma por fracciones, como van uniéndose en un amanecer, a la primera luz del día, contornos vagos, rasgos indecisos para formar imágenes.
¿La obra de Amicis es de alcances pedagógicos?
Evidentemente.
Amicis, por una síntesis admirable que obliga a hacer a sus lectores infantiles, logra que en ellos nazcan las ideas generales más complejas, más elevadas, de más trascendencia para la evolución de su intelecto, ideas que van impregnándose en sus almas hasta formar parte integrante de su psiquismo, sin esfuerzo, sin cansancio, casi de un modo inconsciente.
Y es que Amicis hace penetrar sus ideas por la vía del sentimiento más bien que por la intelectual. No llega a conclusiones, hace que el lector las deduzca. Con cuadros galanamente coloridos, con descripciones elocuentes, con anécdotas de alto interés, atrae la atención, destruye la versatilidad de las almas infantiles y las fija en las páginas de su libro, páginas que, gráciles y ligeras, no fatigan sus espíritus, y del mismo modo que al tocar una mariposa de vivos colores, queda en los dedos un polvillo dorado, en las almas de los niños, al seguir las frases de Amicis—mariposas de alas abigarradas—queda, como polvo de oro, depositado el recuerdo de rasgos de deber, de abnegación, de filantropía, de patriotismo, y al agruparse después en la elaboración incesante de sus cerebros, surgen las nociones de familia, de Escuela, de Patria, de Humanidad.