Amicis dedica su obra “a los chicos de nueve a trece años”.
Sólo en este hecho demuestra ya profundo conocimiento de la psicología infantil. En efecto, es la edad en que el espíritu entra de lleno en evolución; en que todas las facultades, psíquicas, emotivas, aparecen ya perfectamente delineadas; en que las voliciones se marcan ya con gran energía, como que nacen de las convicciones que va adquiriendo el niño; es, pues, el momento de modelar su alma, que dócilmente se adapta a la forma que le imprime el educador; es la ocasión de que aparezcan en el niño todas las delicadezas del sentido moral, que si no adquiere entonces, más tarde con gran facilidad podrá desviarse, cuando los impulsos pasionales de toda naturaleza hagan sentir su imperio.
Nunca más a tiempo para despertar en el niño el horror al mal, la repugnancia por la mentira, que en esa hermosa edad de los nueve años, en que el remordimiento tras una rebelión a veces insignificante, aparece con una crisis de llanto; nunca más a tiempo para fijar la idea de la equidad en sus conciencias que en esa bella edad en que los niños se muestran acongojados tras una falta y tratan de repararla con un perdón que humildemente se implora, con un beso furtivo dado a la madre, a la que se acaba de causar un disgusto.
A la edad para que ha sido escrito “Corazón”, el niño es observador.
Ha abandonado ya la ligereza, la movilidad de espíritu y de cuerpo que lo caracterizaban; deja de pronto un juego en que se hallaba absorto y se queda mirando fijamente un ferrocarril que pasa, un batallón que desfila, una bandera que ondea en el mástil de un buque; gusta de presenciar accidentes callejeros; ya no ríe al ver un pordiosero de facha ridícula; su facultad de observar aumenta cada día, llega hasta el análisis, y como agobiado por el peso de nociones que adquiere, que almacena en su cerebro, que elabora, se torna serio; hace preguntas que revelan dudas; pide al maestro en la Escuela le explique hechos que no alcanza a concebir; se entristece ante una tumba; besa al hermanito tierno con suavidad, como se besa algo frágil y comprende que hay en el cariño que siente por él algo de protección..., distingue ya perfectamente los afectos, el cariño al hermano del cariño al padre, el cariño al compañero de escuela del cariño al Maestro.
El cerebro del niño es entonces una fragua en donde constantemente se forjan ideas; nunca, pues, mejor ocasión para que éstas resulten elevadas, dignas, nobles, humanas.
Y “Corazón” lo consigue.
Cada página que traduce un sentimiento hermoso, hace nacer el deseo de ejecutar un acto bueno; cada frase que elogia un acto bueno, hace nacer un sentimiento hermoso.