Y de este choque constante que al leer “Corazón”, se produce entre actos buenos que forman o despiertan sentimientos bellos, y sentimientos bellos que inclinan a actos buenos, resulta un gran avance de la mentalidad del niño; ya se trate de la formación en su conciencia de una idea justa, ya de la corrección de una falsa, siempre es un paso dado por el sendero que conduce a la adquisición de un criterio moral recto.


De “Corazón”, inmenso pebetero de oro, se desprende como una columna de aromas que envuelve a la Patria y a la Escuela.

No es amor, es culto lo que predica Amicis por la Patria; no es amor, es veneración lo que siente por la Escuela, y no se forman Patria y Escuela en el cerebro del niño como simples ideas abstractas, como ideas que se sabe encarnan algo bello; pero cuya significación, en fuerza de complexa, no se conoce con claridad; los cuentos, las anécdotas, el eslabonamiento de hechos que se suceden en “Cuore”, les dan realidad, las hacen aparecer como entidades tangibles que se aman, no porque se haya aprendido sólo que deben amarse, sino porque se ha comprendido que merecen amor.


El niño, pues, aprende con la lectura de “Corazón”; ejercita sus facultades; hace una gimnasia constante, tanto intelectual como moral; en su alma, que las páginas de Amicis ponen en un estado de receptividad, de excitabilidad notables, la menor impresión produce un estremecimiento, como al roce suavísimo del arco vibran las cuerdas tensas de un violín. Estos estremecimientos repetidos que causa la lectura de “Corazón”, van dejando en el alma del niño hondas huellas, van cavando surcos en sus cerebros, surcos que se llenan de nociones nuevas, de sentimientos hechos ideas, de imágenes cristalizadas en recuerdos, y las nociones se agrupan, y chocan, y se desmenuzan en un poderoso análisis, y aparecen las ideas abstractas, y los recuerdos resucitan imágenes, y éstas despiertan sentimientos que van a excitar la voluntad dictadora de actos, y como el resultado depende siempre de los agentes que lo han producido, siendo justas las nociones, siendo las imágenes representación de figuras hermosas, siendo los sentimientos elevados, la volición no se desvía del camino recto, el acto que ejecuta el niño es bueno.


Para aquéllos en cuya frente la Vida va marcando ya surcos; para aquellos que se ven ya muy lejos de los días de la niñez, las lecturas que forman el libro de Amicis, son como un rocío que refresca las almas, que hace desaparecer las arrugas del rostro, que hace huir las sombras de los cerebros.

Al leer el “Diario de un niño”, como a un conjuro mágico, retrocede la imaginación hasta los años de la infancia; se vuelve a ver la cara amable del maestro; se escuchan las risas de compañeros ya olvidados; surge toda una época de días felices, de regocijos sanos, de inquietudes pueriles, y el recuerdo, disipando las congojas continuas, las envidias, los odios, las luchas todas de la vida, hace aparecer en los labios marchitos por el mentir diario a que obliga la existencia, una sonrisa vivificadora de alegría pura, y en los ojos, cansados de contemplar miserias y de llorar penas, se forma como una tela opaca que mucho se parece a una lágrima, a una lágrima que arranca el contraste de lo que se es ahora, ya hombre, y de lo que se era entonces, cuando se iba a la Escuela.