Jenny y Susana estaban allí, encantadas del sermon que acababan de oir, sin comprenderlo quizá. Es increible el imperio que la palabra ejerce en las mujeres. Mas de una vez estando solo en mi cuarto, me he preguntado á mí mismo, cerrando las puertas con dobles cerrojos, si la mujer no era naturalmente superior al hombre. Ella tiene pasiones menos violentas y mayor facilidad de educacion. Cuando Adan se adormecía en su inocencia, Eva tenia ya curiosidad de saber. Paréceme que si de entonces acá, nosotros hemos heredado la bonhomia de nuestro primer padre, las hijas de Eva no han dejenerado de su abuelo. Yo creo, con Moliére, que es prudente no instruir á este sexo malicioso é inquieto. Manteniendo á las mujeres en una honesta ignorancia dámosles todos los vicios; pero á la vez todas las debilidades de la esclava; nuestro reinado está asegurado. Pero si educamos esas almas ardientes é injénuas, si las inflamamos con el amor de la verdad, quien sabe si no se avergonzarian muy pronto de la necedad y brutalidad de sus amos? Guardemos el saber para nosotros solos; él es quien nos divinisa:
“Notre empire est détruit si l’homme est reconnu.”
Sentáronse á la mesa, y lo confieso, parecióme una feliz determinacion. En mi ardor relijioso habia olvidado de almorzar, de suerte que mi bestia comenzaba á sufrir. La dueña de casa hízome el honor de sentarme á su izquierda y junto con el té sirvióme dos ó tres tajadas de jamon de Cincinnati, que me costó gran trabajo devorar decentemente. Susana hacíame señas con sus grandes ojos, como reprochándome mi voracidad. En esto reconocí á mi hija; por que en los Estados-Unidos, lo mismo que en Francia, son los niños los que en toda casa decente le dan la leccion á su padre.
Asi que mi terrible hambre se hubo aplacado un poco, entablé conversacion con mi vecina; era esta una excelente y amable persona que adoraba á su marido, lo cual es costumbre en América. La salud de Truth me inquietaba; yo tenia para mí que el púlpito le agotaria mas pronto que el diario, y hé ahí lo que traté de insinuarle diestramente á su mujer. Por no alarmarla, la dije en términos jenerales que la palabra era un oficio duro, y que ciertos temperamentos nerviosos y delicados tenian á veces necesidad de un reposo absoluto. Tarea inútil! La señora Truth no habló sino de la grandeza de su nuevo estado. El orgullo la embriagaba.
—Ser esposa de un pastor, hé ahí el sueño de todas las jóvenes, me decia. Si supiérais que pena tuve cuando mi querido Joel renunció á su primer vocacion para hacerse diarista! Solo el ministerio puede colmar todos los votos de una mujer; solo así es que ella puede ser la compañera de su marido, su verdadera mitad, en toda la estension de la palabra. Tener las mismas penas, los mismos placeres, los mismos deberes.
—Predicais acaso vos tambien, la dije.
—En la Iglesia no, repuso; el apóstol Pablo, nos lo prohibe. Pero qué! es por ventura solo en el templo donde se ejerce el ministerio y se anuncia la palabra de Dios? Instruir á las niñas, aconsejar á las jóvenes, visitar las recien paridas, llorar con las viudas, velar los enfermos, leerles el Evanjelio, y ayudarles á bien morir, si necesario fuese; hé ahí diversas obras en que puedo ayudar, y algunas veces, hasta suplir á mi marido. Joel, añadió, alzando la voz, ¿no es verdad que yo soy vuestro vicario, y que vos teneis confianza en mi?
A este singular discurso, que, cosa estraña, no sorprendió á nadie sino á mí, Truth contestó haciendo una seña con la mano y sonriéndose dulcemente. La mujer de un pastor, convertida en pastor á su vez y en sub-ministro! Semejante absurdidad no habia nunca crusado mi mente. Verdad es que siempre he vivido en un pais razonable. El baile y la olla, hé ahí para una francesa los dos polos de la existencia. Salir de ellos es un desórden, y lo que es peor, ridículo.
—Sin embargo, continuó la señora Truth, hay todavia algo mas bello que el ministerio, es la mision.
—Teneis mujeres misioneras? esclamé espantado.