—No, contestó ella; solo los católicos tienen ese privilejio que yo les envidio. Nosotros no tenemos hermanas de caridad; tenemos simplemente mujeres de misioneros. Es un papel que siento no poder desempeñar. Compartir uno las tareas de su marido; participar de sus peligros, eso es grande á los ojos de Dios. No os asombreis de mi ambicion; soy hija de ministro; mis dos hermanas se han casado con misioneros. El uno está en el Cabo, el otro en la China, y las dos bendicen al Señor que les ha dado una suerte gloriosa.

—Vuestros misioneros casados, contesté yo, no tienen una vida muy ruda, que digamos. Llevar consigo su mujer, sus hijos, su hogar, es cambiar apenas de patria. Unid á esto una instalacion cómoda y fija, acompañada de un buen sueldo, y convenid conmigo en que bajo tales condiciones, no se necesita una gran virtud para predicar el Evanjelio.

—Deveras? repuso mi vecina, asombrada de mi ironia, añadiendo en seguida: Ignoro si vale mas atravesar el mundo, sembrar de paso la palabra de Cristo, y confiar su jérmen á la gracia de Dios, que encerrarse en un campo limitado para plantar en él, regar y cultivar hasta la mies de ese precioso grano; pero lo que yo sé es, que la felicidad de tener uno á su lado lo que se ama, lejos de quitarle nada á la caridad del misionero, le añade quizá un mérito mas á su abnegacion. Pedro era casado; dejó por esto de ser escojido para servir de príncipe á los apóstoles? En el cabo, mi hermana ha establecido una escuela y un obraje para las negras jóvenes, y sirviéndose así de la civilizacion, prepara los corazones á recibir el Evanjelio; los Boers han quemado tres veces la mision, y mi cuñado que es médico, como la mayor parte de los misioneros, ha perdido la mano sacándole á un pobre cafre una flecha envenenada. En China los Taí Pings han espulsado á mi hermana de provincia en provincia. Encuéntrase ahora cerca de Shang-Hai, arruinada, enferma; pero siempre llena de fé. Su casa es el hospicio de los heridos, el asilo de las viudas y de los huérfanos; ella es la que en medio de la fiebre y de una inquietud perpétua, ayuda á su marido á predicar el Evanjelio. Mas probada que Abraham, Dios le ha exijido ya dos veces la vida de sus hijos. Feliz de ella, no obstante, que ha sido elejida para tal sacrificio y que ha podido servir al Señor, aun á costa de lo mas puro de su sangre!

Yo no contesté nada. En la historia de Abraham hay cosas que me conmueven mas que el episodio de Isaac. Sea virtud ó fanatismo, esa obediencia es superior á mis fuerzas; no la comprendo.

Para alejar reflexiones que me perturbaban, díme vuelta del lado de mi vecino de la izquierda; era el verdadero tipo del Sajon; anchos hombros, pecho saltado, cuello adornado de una cabeza cuadrada, rasgos abruptos, frente calva y enormes cejas bajo las cuales brillaban unos ojos flamantes, la fuerza y la voluntad á la vez. Noé Brown, así se llamaba mi nuevo amigo, era el pastor á quien Truth sucedia. Aproveché esta ocasion de instruirme, y le pregunté que era esa iglesia Congregacionalista, cuyo nombre me intrigaba.

—Cómo! dijo Brown; sorprendido de mi ignorancia, no sabeis que es nuestra vieja iglesia puritana, la que nuestros padres los peregrinos, espulsados por la intolerancia, trajeran consigo en su primer buque, la Flor de Mayo? Quebrando con las abominaciones é idolatrias de la Babilonia anglicana, nuestros abuelos quisieron cortar de raiz la herejia de la jerarquia. A ejemplo de los primeros cristianos, de cada reunion de fieles hicieron una Iglesia, ó congregacion independiente, república perfecta, gobernada por los viejos y administrada por el pastor. De ese centro de independencia y de igualdad nació nuestra comunidad. Allí es donde está el secreto de nuestra vida y de nuestra grandeza política. La América no es sino una Confederacion de Iglesias y de comunes soberanos; es decir, la florescencia del puritanismo. Aquí, lo mismo que en todas partes, la relijion ha hecho al hombre y al ciudadano á su imájen; una Iglesia libre, ha enjendrado un pueblo libre.

Esta paradoja, proferida con toda la gravedad puritana me chocó. Si se creyese en estos fanáticos, su catecismo gobernaria el mundo. Que echen su vista á la Francia, esa patria de las luces y de la filosofia, y no tardarán mucho en saber á lo que se reduce la influencia de la relijion sobre el estado y la sociedad. Uno es allí muy católico en la iglesia, y, todavia mas, fuera de ella. Tal era lo que yo procuraba demostrarle á mi predicante; pero el hombre era porfiado como un Sajon forrado en un Yankee, y cuantas mas eran las pruebas que yo amontonaba para confundirlo, tanto mayor era su obstinacion.

—Ved sino á los Ingleses, esclamó él. Quien conoce su Iglesia, conoce su historia. Lores espirituales, asambleas, señoras de la fé, una carta inmutable en treinta y nueve artículos, un libro de oraciones establecido por la autoridad de los obispos y del soberano, universidades y escuelas privilegiadas, enormes propiedades y un patronato considerable; qué otra cosa han podido producir sino una sociedad aristocrática? Sin los disidentes, que son la sal de la tierra, mucho tiempo ha que la Inglaterra estaria momificada lo mismo que el viejo Ejipto.

—Y los franceses? le pregunté yo, con el intento de confundirlo.