—Los franceses, me respondió él, son católicos, monárquicos y soldados, al paso que los Americanos son protestantes, republicanos y ciudadanos; cosas que están en su lugar como los dedos de la mano, de suerte que tan dificil seria hacer de la Francia una República, como de los Estados Unidos una monarquia. La diferencia entre las Iglesias hace la diferencia entre las sociedades.
—Podria saber á cuál de las susodichas sociedades le concedeis la superioridad?
—Juzgad vos mismo, me contestó él; la una es una sociedad de niños, la otra una sociedad de hombres.
—Veo con gusto que somos del mismo parecer.
—Estoy encantado de ello, repuso él; bebiendo tranquilamente su tasa de té.
—Es cierto, añadí yo, inclinándome hácia él: mas bien que un pueblo los americanos son un enjambre de inmigrantes diseminados en el desierto, y por esto, la libertad tiene quizá pocos inconvenientes. Pero la América sentirá á medida que envejezca la necesidad de formar una verdadera sociedad y se plegará á la bandera de la autoridad.
—Caballero, dijo él, poniendo bruscamente su taza sobre la mesa, vos no me entendeis; yo pienso justamente lo contrario de lo que me decis.
—Cómo así, esclamé yo, tomais por ventura á los franceses por un pueblo de niños.
—En política, contestóme, no hay que dudarlo. De qué época datan su libertad, y qué libertad! de 1789; la nuestra data de 1620; nosotros somos ciento setenta años mayores que ellos; tenemos tres veces mas esperiencia que ellos, y por consiguiente veinte veces mas sabiduria.