—El Sr. Truth, me ha edificado esta mañana, contestóme, y no le creo en error.
Asombrado á mi vez, y creyendo haber oido mal le dije:
—Decidme, señor, ¿creeis que vuestra Iglesia enseña la verdad?
—Sin duda,—de otra manera no permaneceria en ella.
—Entonces, repuse yo, quiere decir que asi como hay dos verdades hay tambien dos Iglesias; una verdad presbiteriana y una verdad congregacionalista. Probablemente hay tambien una verdad baptista, metodista, luterana y hasta una verdad católica. Yo suponia, perdonad mi ignorancia, que la verdad era una, y que la señal del error consistia en dividirse al infinito.
—Doctor, dijo Naaman un poco conmovido de mi vivacidad francesa, cuando estais en el mar, qué es lo que haceis si quereis saber la hora que es?
—Le pregunto la hora al sol, y el sol me la dá. Qué! pretendeis contestarme con un apólogo? A mi edad, querido señor, se tiene poco gusto por los ejemplos, y, no se aceptan sino razones.
—Que quereis, doctor, soy jóven y me permito contar con vuestra induljencia, contestó Naaman, sonriendo amablemente. El sol os dá la hora. Cuando es medio dia en Paris, podriais decirme que hora es en Berlín?
—No; todo lo que yo sé,—es que un telégrama espedido de Berlín á las once se recibe en Paris hácia las diez y media; es decir que aparentemente llega treinta minutos antes de haber partido. Por lo demas, importa poco, os lo concedo,—que cuando es medio dia en Paris, sean la una en Berlin, las dos en San Petersburgo, y, si quereis, las nueve de la mañana en las Azores y las siete en Quebec. Todo depende del meridiano.
—Asi, dijo Naaman, el sol es el mismo en todas partes y en ninguna marca la misma hora: qué significa esto?