—Pero, señor Brown, es imposible que el Estado pague todas las comuniones, y que se haga el tesorero del primer fanático á quien se le antoje abrir una iglesia.

—Concedo que no pague á nadie, esclamó el adusto puritano. Y, con qué derecho intervendria? Tiene acaso otro dinero que el nuestro. Cómo! el judio ha de pagarles á los cristianos para que estos le llamen deicida? Y yo he de pagarles á los unitarios que me disputan la divinidad de Cristo? Qué injusticia! qué ultraje á mi fé! Ved ademas qué papel le dais al Estado. Cuando el lejislador declara que la relijion no es de su competencia,—proclama el respeto de la conciencia, y, es cristiano por su misma abstencion. Suponed ahora que proteja diez comuniones distintas, diez creencias enemigas, qué significará esa tutela insolente sino que el Estado vé en la relijion un instrumento político, y que no tiene por todas ellas sino la misma indiferencia y el mismo desprecio? Ese hermoso sistema, señor, que vos no habeis inventado,—es la política del paganismo.

—Muy bien, repuse yo, dejad á cada fiel el entretenimiento de su culto, veremos cuantas iglesias tendreis. Todo el mundo se hará ateo por economia.

—Os equivocais, mi querido doctor, dijo Truth con amistoso tono. La prueba está hecha y arguye en contra vuestra. Tenemos cuarenta y ocho mil iglesias, edificadas todas por los particulares, y cuyo valor se estima en cien millones de pesos[40]. Cada año erijimos mil doscientos templos nuevos y el término medio del salario de nuestros pastores es próximamente de quinientos pesos,[41]—lo que equivale á un presupuesto de veinte y ocho millones de pesos[42]. Buscad un pais donde el Estado pague los cultos, estoy seguro que no hallareis uno solo que gaste la mitad de lo que nosotros gastamos[43]. La razon es sencilla: el Estado debe ser avaro del dinero que le toma á la comunidad, al paso que el individuo se complace en enriquecer su iglesia, y no retrocede ante ningun sacrificio. Nada hay tan pródigo como la fé y la libertad.

—Muy bien, dije yo; pero la cuestion de dinero no es todo: falta la cuestion política. Darle al primero que se presente el derecho de establecer una iglesia,—es reconocer todas las asociaciones, es abrirle ancha arena á la ambicion relijiosa y al fanatismo,—es decir, á lo mas ardiente y pérfido que hay en el mundo. Suponed que una de esas iglesias aventaja á las demas,—que se apodera de las almas, y hé aquí un Estado en el Estado. Entonces sentireis, aun que demasiado tarde,—la falta en que habeis incurrido al abdicar una proteccion mas necesaria al gobierno que á la iglesia, una proteccion que no es en el fondo sino la defensa de la soberania.

—Ahí es donde os esperaba! gritó el puritano entrando en el entrevero á la manera de un jabalí. Os conozco, señores políticos; ha tiempo que Spinosa, el príncipe de los ateos y Hobbes el materialista, y Hume el escéptico me descubrieron vuestro secreto. Necesitais una iglesia oficial para deshaceros de la relijion. No es la influencia política lo que os incomoda; ella es nula en un pais de libertad; lo que temeis es la influencia moral. El cristianismo es por naturaleza,—inquieto, agresivo, conquistador. Quiere poseer al hombre por entero; sociedad y gobierno,—todo quiere invadirlo y penetrarlo con su espíritu. Hé ahí lo que á nosotros nos anima y á vosotros os espanta. Obispos que se duermen en su púrpura señorial,—pobres vicarios, cuyo celo se modera y se dirije; una relijion, especie de moral frívola y estéril, que predica la obediencia al pueblo, hablándole siempre de sus deberes y nunca de sus derechos,—tal es el ideal que á vosotros os encanta y á nosotros nos horroriza. Vosotros rechazais la libertad por la misma razon que á nosotros nos hace detestarla. Nosotros creemos en el Evangelio, y vosotros le temeis.

—Yo tengo miedo de las asociaciones, le dije,—no del Evanjelio.

—Sí, por que la asociacion es la única forma posible de la libertad. Necesitais un Estado, cuya omnipotencia nada inquiete,—que no tenga frente de sí sino individuos aislados y conciencias mudas. El despotismo romano en toda su fealdad. Nosotros los cristianos—entre el Estado y el individuo, entre la fuerza y el egoismo,—echamos la asociacion, es decir, el amor, la caridad, verdadero vínculo de los corazones, verdadero cimiento de las sociedades. Para difundir la Biblia, para propagar la palabra divina, para iluminar las almas, para socorrer á los miserables, para consolar á los que sufren, para levantar á los caidos,—necesitamos centenares de asociaciones, millares de reuniones. Nosotros queremos que un pueblo cristiano haga el bien por el concurso libre de todos sus miembros,—que no encargue á nadie de un deber que solo él puede desempeñar. Pero todas esas compañias no pueden existir sino bajo una condicion,—que la iglesia, que es la primera y la mas considerable de todas, sea señora absoluta en su esfera. La iglesia es, la que con su libertad cubre y garantiza todas las asociaciones; y, hé ahí como es que la relijion, lejos de ser un peligro para el Estado,—es la vida misma de la sociedad. Ved, pues, señor, por qué razon es que nosotros tenemos necesidad de la libertad relijiosa; la necesitamos por que Cristo nos la ha dado: y porque ella es la madre de todas las libertades. El que esto no sabe no es cristiano,—ni ciudadano.

Iba á estrangular á aquel fanático por toda contestacion, cuando sentí que una manecita tomó la mia. Reconocí á Susana y me sonreí.

—Mi buen padre, dijo despacito; van á ser las dos, es necesario partir.