—Sí,—la hora de ir al bosque. ¿Está el carruaje ahí?

—Papá, es dia del Señor y no se anda en carruaje. Voy á llevaros á la escuela del Domingo.

—Tienes razon, pensé para mi. Un Parisiense estraviado en este hermoso pais de libertad, siente gran necesidad de ir á la escuela. Siempre tiene algo que aprender y mucho que olvidar.

Cuando me ví en la calle, lejos de aquella atmósfera teolójica, recien respiré.

Uf! dije, bostesando, y que pesados son! Parecen bueyes atados al arado, trillando siempre el mismo surco. Una hora de relijion y de política, es demasiado para un francés; hay con que disgustarlo del Evanjelio y de la libertad. Quién me hablará de algo razonable y divertido,—de pintura, de ópera, de música ó de guerra? Paris, Paris,—yo tengo necesidad de lavarme la cara con tu ambrosía.

No sé que locura iba á decirle á Susana, cuando apercibí al hermoso Naaman, caminando junto á nosotros lo mismo que el pastor que sigue su oveja. Habia olvidado que estaba en América, y que la señorita mi hija era por el momento presbiteriana.


CAPITULO XXI.
La escuela del Domingo.