Quién me dirá de donde proviene la debilidad de un padre por su hija? Consiste en la ilusion de verse reproducido en ella,—lo mismo que la madre de verse reproducida en el hijo? Para nosotros los de las barbas grises, los de las caras arrugadas por la vida, será el placer de vernos renacer bajo una forma graciosa y riente? Será el encanto de un amor puro, que no desea sino sacrificarse? Lo ignoro, pero lo cierto es que el inevitable Alfredo no estaba ahí y que yo saboreaba á la manera de un celoso la dicha de hablar y de reir con Susana. Mirábame en sus límpidos ojos, cuando una mano colorada engastada en un largo brazo me cojió de improviso en mi tránsito, y una voz sepulcral me gritó: Esta noche te volverán á pedir tu alma. Al mismo tiempo metiéronme un papel en el bolsillo de mi frac. Dí vuelta, y al hacerlo, otra voz me gritó: Piensa en tu salud, metiéndome otro papel, en el otro bolsillo de mi frac. A este ruido acudieron tres hombres negros, levantando los brazos como en el juramento de los Horacios, y aullando á cual mas, metióme cada uno de ellos en el seno no una espada, sino un librito. La vision desapareció en seguida.
—Qué es esto le pregunté á Susana, que reia de mi espanto.
—Padre mio, me dijo,—es la sociedad de los tratados relijiosos que trabaja por vuestra conversion.
—Muchas gracias! esclamé metiendo en mi bolsillo,—los Signos de la bestia, las Rosas de Saron, y la Trompeta de Jericó; aquí lo enriquecen á uno, lo mismo que en otra parte lo roban. Qué quieren que haga con estos tesoros de edificacion?
—Tened paciencia, padre mio, dijo Susana,—dentro de un instante ellos han de servirnos para hacer felices á algunos.
—Confesad, le dije á Naaman, que abusais de la letra de molde. Comprendo que distribuyais la Biblia,—desde que ella es vuestra enseña, pero lo que no entiendo es,—para qué puede servir esa teolojía pueril que sembrais por las calles.
—Sois demasiado severo, contestó el jóven ministro, pensad en que toda nuestra relijion está en la Biblia. De la escritura es, de donde cada uno de nosotros debe sacar la regla de su fé, mediante el libre esfuerzo de la razon. Un protestante que no lee es un cristiano que no llena sus prácticas. Qué cosa mas simple que un proselitismo que nos agrupa sin cesar al rededor de la Biblia? Despertar la conciencia, obligar al último de los hombres á refleccionar y á leer,—repetirle que solo él está encargado de su salud, hé ahí el objeto de todas esas publicaciones. “Piensa en tu alma, solo tú eres responsable de ella,”—tal es la conclusion uniforme de estos libritos. Si á eso llamais teolojía,—toda nuestra literatura es teolójica; la menor novela está impregnada del mismo espíritu. La Biblia es citada en ella á cada pájina, lo mismo que el té. Lo que nos encanta, no es la pintura de esas borrascas que devastan el corazon y arruinan la voluntad: es el cuadro de una alma jóven que, colocada entre la tentacion y el deber, rechaza á Satanás y llama á Dios. Hasta nuestras ficciones son tratados de educacion.
—Sí, dije yo sonriendo,—es la moral en accion.
—Es algo mejor que eso,—repuso él,—es la relijion en práctica, la fé que habiendo entrado en el alma inspira toda la vida. Nosotros no entendemos jota de esa falsa distincion entre la moral y la relijion; no hay dos conciencias. El hombre natural murió con el último pagano; nosotros no conocemos sino al cristiano. El que es cristiano lo es en todas partes: en la iglesia, en la familia, en el comun, en el Estado.