Me parece que el piadoso Naaman aprovechaba con placer esta ocasion de repetir como nuevo algun viejo sermon, cuando por fortuna, llegamos al templo presbiteriano. Era la sesta iglesia que visitaba en el dia,—justísima espiacion de mi pasada tibieza!
Entramos en la sala de lectura,—vasta pieza contigua al templo. Un millar de niños y de jóvenes, devididos en grupos estaba sentado, en bancos circulares. De distancia en distancia veíase de pié á los pastores y pastoras de aquel gracioso rebaño; ó como se les llama,—á los monitores. Al presentarse Naaman toda la asamblea se levantó; el órgano tocó una marcha guerrera, y en seguida, todas aquellas jóvenes voces cantaron en coro, con acompañamiento de timbales:
“O Christ! nous sommes ta milice;
Contre l’ignorance et le vice.
Nous marchons sans honte et sans peur.
L’amour, l’aumône et la prière,
Ce sont là nos armes de guerre:
Notre drapeau, c’est le Seigneur!
O Christ! notre chef! notre père!
Nous voulons vaincre la misère,