No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no es asi como se entiende y se practica la justicia........

En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo, esos caballeros no son cristianos.

Son cristianos como yo, repuse, pero........

Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me reconoceis?

Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.

Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los policeman,—estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”—Esto, dije, enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.—“Es tu enemigo repuso él.”—Eh bien, policeman es menester amar á vuestros enemigos. Esto diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el policeman me atrapa del hombro diciéndome: “Tienes tres dollars qué pagar?” No, mi bolsillo tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.—“Si no tienes con qué pagar la multa, añade, porqué te bates?”

Policemen, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun sus medios,—con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas elecciones; es demócrata.—“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es brujo.”

Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:—Te ahorco, le dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.

Para que confiese qué, preguntó Humbug.

Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.