Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y peleado en la calle tendreis que pagar diez dollars.

Diez dollars! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?

Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán chancelado.

—Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.

—Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya tarde.

Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios; el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais: la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La justicia no es sino otro nombre de la igualdad.

—Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos! se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la igualdad!

—No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les trate como á nobles,—no á los nobles como á siervos.

—Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto, el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.