CAPITULO XXIV.
Un attorney jeneral.

Querido lector! Os ha empujado alguna vez al agua por sorpresa, una mano traidora, y sin saber nadar? Pues bien, entonces podeis haceros una idea de mi triste situacion. No me sentia en estado de decir dos palabras seguidas, pero retirarme hubiera sido ridículo; no habria habido bastantes silvidos para mi en toda la ciudad; resolví pues, armarme de paciencia y sostener mi papel hasta el fin.

Saqué mi cartera, arranqué de ella algunas hojas y me puse á escribir de memoria algunas de esas bellas fraces que no dicen nada; pero que hacen el mayor efecto, cuando se las coloca á propósito en una improvisacion cuidadosamente preparada. Armado así, esperé la batalla, con la firmeza de un soldado que va al fuego, diciéndose que hará pié.

El primer acusado que condujeron era un malvado abominable, que habia envenenado lentamente á su mujer, despues de haberle dictado un testamento; el crímen era flagrante y las pruebas irrecusables, de manera que el miserable ni siquiera tentó defenderse.

—Me defiendo culpable, murmuró con voz trémula, pálido el rostro y ojos de loco. La muerte, pido la muerte. Que me quiten la vida.

La asamblea quedó en profundo silencio.

Levantéme majestuosamente, puse mi lente á caballo sobre mi nariz, tosí tres veces, y teniendo mis apuntes en la mano izquierda, mientras movia mi brazo derecho cadenciosamente, comencé con voz baja y lenta:

“Señor presidente, señores jurados:

Nemo auditur perire volens, no se escucha al que quiere morir, es una de las grandes y saludables máximas que nos ha legado la profunda sabiduria de nuestros venerables antepasados, sabiduria bien superior á la loca ciencia y á la orgullosa razon de las jeneraciones de hoy dia; nemo auditur perire volens es una máxima que no ha sido inventada solamente, para protejer al culpable contra su propia desesperacion, sino para asegurarle á la sociedad la justa satisfaccion de una venganza lejítima.