“Sí, señores, cuando un crímen execrable ha sido cometido; cuando nuestra admirable ciudad, rejuvenecida por el esplendor de esas gloriosas construcciones que hacen honor infinito al jénio prodijioso de nuestra hábil y sábia edilidad; cuando, decía, nuestra ciudad, Roma moderna, mil veces mas bella y mas grande que la Roma de los Césares, se despierta al amanecer, terrificada por la noticia imprevista de uno de esos horribles atentados que revelan una depravacion incalificable, fruto intoxicado de una civilizacion que las revoluciones y el periodismo han corrompido; entonces, entonces, señores, la justicia, que vela siempre, debe cumplir una mision sagrada, mision tan difícil como grandiosa. En defecto de una palabra fácil, en defecto de esa elocuencia majistral, gala de tantos de mis ilustres cólegas, que no nombro, teniendo en consideracion su exesiva modestia, los magistrados que al menos se inspiran en su conciencia traen á este recinto su enérjica conviccion, su humilde y firme abnegacion á la causa del órden, de las leyes y de la sociedad.
“Aquí, señores jurados, se dá un grande y hermoso espectáculo, aquí vuelve á empezar en todos sus detalles, una trajedia, dolorosa sin duda para las jentes honradas, pero necesaria á la espiacion del crímen y á la edificacion del pais entero. En este drama espantoso, el libertinaje hace la esposicion, la avaricia llena el segundo acto, el veneno es su nudo, la instruccion, por su maravillosa habilidad, precipita las terribles peripecias, y así llegamos al desenlace fatal y próximo. Ese desenlace vengador, está en vuestras manos, señores jurados, vuestro veredicto no es dudoso. Abrumado, por el peso de su falta, vencido por la justicia, el culpable ha confesado todo; ahí está ante vosotros agobiado, herido por los remordimientos. Su condena está escrita sobre su frente malvada, como lo está en vuestros nobles corazones.
“Que no crea que esa confesion forzada pueda librarle de la afrenta que ha merecido. En vano aparta su cabeza criminal, en vano aleja sus lábios impuros del cáliz amargo que su crímen execrable le ha preparado; la ley ciega y muda, la ley justamente inexorable, la ley santamente implacable, quiere que apure hasta las heces su maldad. Su suplicio es el castigo del pasado y la leccion del porvenir.”
—Basta, por Dios, basta, me dijo Humbug tirándome el faldon de mi frac: Res sacra miser[54], amigo mio.
Dejadme pues, le dije, con un jesto de impaciencia. La acusacion nada tiene que hacer con la humanidad.
—“Es á nosotros, continué animándome, es á nosotros, ministros de la vindícta pública, es á nosotros representantes de la sociedad ultrajada, es á nosotros á quienes incumbe el penoso y santo deber de sofocar hasta las palpitaciones de nuestro corazon de hombre, es á nosotros á quienes toca remover ese fango y dominar invencibles desagrados, es á nosotros....”
¡Imprudente! al hacer un jesto magnífico, alcé los brazos, abrí entrambas manos, y hé aquí que todos mis papeles caen en tierra y mi elocuencia con ellos; me agaché para recojer todo junto, pero el acusado aprovechándose de aquella casualidad desgraciada, se levantó bruscamente, diciendo:
—Señor Presidente, ¿hasta cuando sufrireis que el attorney jeneral, juegue conmigo como un gato con un raton? La ley dice que sois el abogado del acusado; por qué dejais insultar mi miseria. Espero la sentencia, y no veo qué ganais con prolongar mi suplicio.
—Tiene razon, dijo un jurado mal enseñado, estamos aquí para hacer justicia no para oir un sermon.