Quise hablar; el presidente me detuvo haciéndome una seña con la mano, y cubriéndose, pura y simplemente pronunció la sentencia del culpable, y la pena de muerte. No hubo ni resúmen, ni palabras bien sentidas, ni leccion dada al acusado, ni al jurado, ni al público, nada que aumentára la solemnidad de aquella escena palpitante de interés. Antes por el contrario, todo se hizo con una familiaridad de mal gusto y como pactando con el culpable.
—Condenado, dijo el presidente, en adelante no espereis nada de la misericordia de los hombres, no os resta sino implorar la justicia de Dios. ¿Cuántos dias necesitais para arreglar vuestros negocios y poner en órden vuestra conciencia?
—Bastarán tres dias, repuso, tengo prisa de acabar.
—¡Eh bien! contestó el presidente, dentro de cinco dias á contar de la hora presente, comparecereis ante el único juez que puede perdonaros.
El condenado saludó al presidente con respeto y salió, lanzándome una mirada que me turbó. ¿No habia yo cumplido con mi deber? ¿Debe uno piedad hasta á los asesinos?
Introdujeron al segundo acusado. Era este un pícaro descarado, que habiendo salido de la cárcel dos dias antes se habia hecho culpable de fractura, de robo y de tentativa de asesinato. Habia roto las ventanas de una casa de Montmorency, amenazando á una desgraciada sirvienta que la cuidaba y robádose todo, inclusive el carruaje y los caballos.
La cara de aquel pícaro bastaba para hacerlo condenar. Era la maldad en persona. Veíase en él á un hombre para quien la sociedad no era mas que un enemigo, y que tenía tanto desprecio por la ley como odio por el majistrado; en una palabra, una de esas bestias salvajes que es menester matar para no ser devorados por ella.
—Acusado, dijo el presidente, ¿os defendeis culpable ó no culpable?
La pregunta es diestra, repuso el ladron, con audaz indiferencia. ¿Culpable ó no culpable? Ni vos ni yo podemos saberlo antes de haber oído á los testigos.
Señores jurados, esclamé, ¿tenemos acaso necesidad de oír mas? Retened esa confesion. Hay ejemplo de que un inocente haya hesitado un instante en proclamar su no culpabilidad? Solo un bandido de profesion puede tener semejante descaro. Ved si ese miserable no lleva el sello del crímen impreso en su cara impudente.