—Protesto contra esa teoria, esclamó el defensor del acusado. Aquella voz perruna me hizo estremecer: una vez mas la irónica fortuna me ponia en frente de Fox, mi eterno enemigo.

—Sí, continuó, protesto y protestaré siempre, contra una doctrina que jamás ha sido recibida en los tribunales de la libre América. Vos no teneis el derecho de torturar las palabras de un acusado para sacar de ellas una condenacion. Vos no teneis el derecho de interpretar su porte, su jesto, el tono de su voz para deducir de ello su culpabilidad. Si permitido fuera invocar esos signos falaces que la pasion esplica á su antojo, ¿quién escaparia á la elocuencia de los señores attorneys jenerales? ¿Calla el acusado? son los remordimientos que le abruman, el silencio es una confesion.—¿Protesta con calma? es un descarado, el descaro es una confesion.—¿Se exalta, se chancea? es un insolente que ultraja la justicia; el insulto es una confesion. La debilidad, la enerjía, la humildad, el orgullo, las lágrimas, las cóleras, todo es confesion para los espíritus mal dispuestos, que solo ven las cosas de un lado. Eh! señores, comenzad por establecer los caractéres físicos de la virtud y del crímen. Cuando la ciencia haya realizado los sueños de Labater, condenareis á las jentes por su cara; hasta entonces dejad á los decidores de buena ventura, ese arte pérfido y peligroso. La justicia no conoce sino los hechos, no discute sino los hechos, no falla sino sobre los hechos. Ahí está su seguridad y su grandeza. Que el señor attorney jeneral guarde su talento para mejor ocasion. Pasemos al exámen de los testigos.

—Señor Presidente, esclamé yo, solo por respeto á la corte, es que he sufrido hasta el fin la impertinencia de esas palabras; un attorney jeneral no tiene lecciones que recibir de un abogado, requiero....

—Calma, señor, dijo el majistrado. A la defensa le es permitido todo salvo la injuria; las palabras del honorable abogado no esceden en nada el derecho de sus funciones. En cuanto á su doctrina es la que nuestros precedentes han consagrado. En todas nuestras compilaciones encontrareis esos principios que yo me hago un honor en profesar.

Caí en mi asiento á la manera de un Titan fulminado. El presidente, convertido en apóstol de teorias que hacen descender la acusacion al nivel de la defensa; el presidente, desertor de nuestras filas y haciéndose cómplice del abogado, era el último golpe! Si esto es lo que los yankees llaman justicia, yo no la conozco ni por el forro. Recorred la Europa civilizada, y no hallareis allí nada semejante.

—Muy bien, me dijo el escelente Humbug, para darme un poco de valor. Hablais como un senador; pero con demasiado celo solamente. Moderaos, mi buen amigo, hareis mas efecto.

No habia salido todavia de mi sorpresa cuando llamaron á los testigos; esperaba que solo el presidente los interrogára de concierto conmigo. Esperanza vana! El presidente era una estátua impasible; frente á él, el acusado guardaba el mismo silencio. Cuando quise interrogarle, un grito jeneral me enseñó que, segun la ley yankee, no hay favor sino para los pícaros. Cualquiera que hubiera visto al majistrado y al acusado inmóviles y mudos, habría dicho que ajenos á lo que pasaba en la audiencia, eran los jueces del campo. Los combatientes, ó mejor dicho las víctimas, eran los testigos, entregados á la merced del abogado, interrogados, desmentidos, vituperados, hostigados por un hombre sin carácter público y que no tenia otro título sino defender la dudosa inocencia de un pícaro envejecido en el crímen. En aquel trastorno de todas las ideas recibidas, cualquiera habria tomado al acusado por un testigo, á y los testigos por acusados.

Una de las preguntas hechas por Fox me pareció tan impertinente, que me opuse á que el testigo contestára.

—Con qué derecho? esclamó Fox, siempre furioso.

—Olvidais le dije, que no os debo cuenta de ningun jénero: soy aquí el representante del Estado.