—¿Qué interés tenia en robar un carruage con caballos?
—Ninguno, que yo sepa, dijo el cuácaro. Hubiera hecho mejor en comprarlos y no pagarlos, á la manera de los honorables gentlemen. Quizá no tenia el crédito de ellos.
Despues del posadero, vino el turno de la sirvienta; era esta una gordiflona rubia, de aire cándido y alegre; pero que no carecia de uñas y de pico, como toda hija de los campos.
—Vos pretendeis, dijo el abogado, que reconoceis al acusado; afirmais que os ha dirijido amenazas en términos mas que inconvenientes.
—Sí, señor, murmuró poniéndose colorada.
—Hablad mas alto, dijo Fox, los señores jurados no os oyen.
—No puedo, repuso toda turbada.
—Sí, podeis; haced como yo, gritad.
—Vos, es diferente, repuso, es vuestro oficio; desde chiquito os han acostumbrado á ello.
—Vos afirmais continuó Fox, que el acusado se ha servido de palabras abominables, tan abominables, señores jurados, que el pudor me impide repetirlas en público.