—Si, señor, dijo la muchachona, poniéndose cada vez mas colorada.
—Muy bien, repetid esas palabras á la corte y al jurado.
—Señor, dijo ella, irguiéndose, si vuestro pudor no os permite reproducir esas palabras, no comprendo como es que podeis suponer que el mio me lo permita.
—Muy bien, repuso Fox sin desconcertarse; el jurado apreciará. Habeis dicho que el acusado hablaba como un descarado. ¿Sabeis lo que es hablar como un descarado?
—Lo sospecho, repuso, mirando al abogado de tal manera que la asamblea se puso á reir y que Fox abandonó el testigo.
Agotada la lista de los testigos, tomé yo la palabra; la cólera me hacia elocuente, lo sentia, y así me abandoné al placer de declamar. En una requisitoria que merecia ser estenografiada, hice la historia completa de aquel bandido. Le cojí del lecho para no dejarle sino ante el tribunal, donde iba al fin á recibir un justo castigo. Primero, le pinté á los tres años, como uno de esos niños malditos que no han hecho jamás sonreir á su madre; en seguida, le acompañé á la escuela, le mostré perezoso, mentiroso, pendenciero, preludiando al patíbulo con sus robos de nueces y ciruelas en los árboles del camino. Por una fortuna inaudita, habia hallado entre los testigos, á tres de sus honrados camaradas, que veinticinco años antes habian hecho el merodeo con aquel futuro pícaro. De la escuela pasé al taller, y allí tracé un retrato horrible del hombre que debia parecérsele. Hice contra la embriaguez, ese veneno criminal, un trozo que arrebató al auditorio; estaba todavia á diez años del crímen, y el acusado era ya hombre perdido en la opinion del jurado. Despues de mi discurso, la única cosa que debia sorprender, era que el acusado no hubiera muerto á su padre. No dudaba que aquel malvado tuviera el alma parricida; y así lo dije al jurado; pero el cielo le habia ahorrado al muy pillo el mayor de todos los crímenes; ¡el miserable tenia la felicidad de ser huérfano!
Mientras que el auditorio estaba suspenso de mis labios elocuentes, miré al acusado que se torcía bajo el látigo de mis palabras vengadoras. Herido por mis reproches, incapaz de resistir á sus remordimientos violentamente despertados, levantóse, é interrumpiéndome:
—Presidente, dijo con voz ronca, si esto debe durar mucho tiempo así, es bastante para mí, me confieso culpable. Prefiero estar cinco años preso, antes que escuchar á este caballero.
—Desdichado, dijo Fox, ¿habeis pensado en ello? Retirad esas palabras funestas.
—No, no, dijo, este caballero me fastidia; daria mi cabeza por hacerlo callar.