—Si habré ido demasiado lejos, pensaba. Si me habré dejado arrebatar por el ardor de la persecucion, á la manera de un cazador que solo oye su pasion? Yo no me he engañado, desde que el culpable confiesa su crímen; pero las armas de que me he servido han sido lejítimas? Le es permitido todo á la justicia? El acusado no tiene ningun derecho al respeto?

A pesar mio estos pensamientos me ajitaban. La idea de la venganza pública no me satisfacía ya. Entreveía vagamente una doctrina mas pura, doctrina que sometía la justicia humana á los preceptos del Evanjelio; y decía en mis adentros: para el cristiano toda debilidad es santa, toda miseria sagrada,—con el niño, con la mujer, con el pobre y hasta con el culpable, la autoridad debe desconfiar de su fuerza y temer el tener demasiada razon.


CAPITULO XXV.
Dinah.

Al salir de la audiencia encontré al cuácaro que me felicitó por mi habilidad; este cumplimiento me hizo un placer mediócre. Humbug, al contrario, no me dijo nada; hubiera preferido sus reproches; creo que en aquel momento su cólera me habria hecho bien.

Fox me esperaba en la calle; sus rasgos contraidos, sus ojos brillantes, revelaban una pasion que ya no puede contenerse.

Debeis estar satisfecho, gritó de lejos en cuanto me vió. Habeis obtenido un triunfo, una victoria que os honra. Espero no ser el último que os haga justicia. No faltará un diario que glorifique la elocuencia y la doctrina del señor attorney jeneral. Un Jeffries, en América, es un mónstruo nunca visto, que no se verá nunca; es menester admirarlo cuanto antes.

—Por lo demas, añadió, furioso de mi silencio y cerrando los dientes,—lo ocurrido no me asombra. No hay nada tan cruel como las jentes que tienen pesares domésticos, es una raza sin piedad.

—Pesares domésticos, dije alzando los hombros. Habeis perdido el juicio, señor Fox; habeis olvidado la persona con quien hablais?