—De veras! repuso recalcando, me parece que hablo con el dichoso padre de la muy amable Susana.
La cara de aquel hombre me espantó; su risa diabólica me heló hasta en la médula de los huesos.
—Callaos, le dije, os prohibo pronunciar un nombre que todos deben respetar.
—Vá! contestó con desdeñosa sonrisa, vaya una severidad fuera de lugar.
—Miserable, esclamé cojiéndole del cuello, esplícate ó te deshago aquí mismo.
—Señores, dijo el abogado procurando desacirse, os hago testigos de esta violencia. Señor Humbug, vos me hareis justicia!
—Sin duda, dijo el majistrado. Pedidme indemnizacion de daños y perjuicios por esa respuesta un poco viva, os acordaré un dollar. Pero si el doctor os reclama á su vez tres ó cuatro mil dollars, os prometo no perdonaros ni un centavo. Será para mí un placer castigar la calumnia.
—La calumnia! esclamó Fox, echando espuma de rábia. A donde vá todos los dias esa preciosa señorita, cuyo nombre no puede pronunciarse? Tengo yo la culpa, de que todas las mañanas, cuando vá al palacio, se la vea introducirse misteriosamente en una de las casas menos respetables de la ciudad? A quien puede visitar en la célebre calle del Laurier la honorable hija del honorable attorney jeneral? Hace algunas horas que yo la he visto entrar allí; supongo que allí estará aun porque ordinariamente se detiene bastante rato. Acusadme ahora de calumnia, doctor, será un escándalo divertido; me vengaré.
Caí en brazos de Humbug. Mi hija insultada! mi Susana difamada! El golpe era demasiado terrible, demasiado violento para un padre. Mi vista se nubló; mi cuerpo temblaba, y el dolor y la cólera me ahogaban. Por fin lloré,—lágrimas de rábia y de desesperacion, que sin dulcificar mi pena, me devolvieron un poco de imperio sobre mis sentidos y me permitieron hablar.