—Señor, dije á Fox, la calle del Laurier está á dos pasos de aquí; vais á seguirme. Humbug, vos vendreis conmigo. Señor Seth, no me abandoneis; sobre todo no dejeis que ese hombre huya, es menester que justicia sea hecha, y justicia se hará.

—Tranquilízate, amigo Daniel, repuso el cuácaro, los tres te acompañaremos. Recalcó sobre estas últimas palabras: los tres, miró al abogado de piés á cabeza, y, arremangándose sus puños, se puso á blandir en el aire una vara de verga que tenia en la mano.

—Señores, dijo Fox con risa sardónica, estoy á vuestras órdenes. Notad, os lo suplico, que no soy yo quien se empeña en un paso que dará que sentir á cierta persona. Aun es tiempo de deteneros; yo no soy cruel; pero os prevengo que una vez dentro de esa casa, no saldré de ella, cualesquiera que sean vuestras súplicas y vuestras lágrimas, sino con la firme resolucion de decir cuanto haya visto.

—Vamos, señor, le dije, me importa un bledo vuestra piedad. Yo caminaba como un beodo apoyándome en el brazo de Humbug.

—Sospechar de tí, Susana mia y con mi consentimiento, nunca, jamás! Creo en tu pureza como en la de los ánjeles; pero la seguridad de aquel hombre me turbaba. Temia un golpe imprevisto, una emboscada, un lazo, qué sé yo? Ay de mí! cuando se ama, no se tiene coraje sino para sí mismo.

—Esta es la casa, dijo Fox, y aquí teneis al propietario. Levanté la cabeza; la casa tenia una mala apariencia. Una entrada sombría y húmeda, unas paredes negras, unos cristales rotos reemplazados por pedazos de papel, unos arambeles en las ventanas, eran mas que pobreza,—eran el desórden y la suciedad del vicio. Susana en aquella guarida! era imposible.

En el umbral de la puerta estaba un hombre despechugado. Tenia las manos en los bolsillos del pantalon, fumaba su pipa y miraba á los pasantes, con toda la insolencia de un pillastre, desocupado. Al vernos, alzó su sombrero desfondado y echándose sobre mí me tomó las dos manos con una ternura que me hizo horror. Era Paddy, medio borracho, hediendo á vino y tabaco.

—Buen dia, mi salvador, gritó; cuánto os agradezco que vengais á ver á un amigo. Entrad, señores; si un vaso de ginebra no os asusta, encontrareis con quien hablar.

—Paddy, le dije, os pertenece esta casa?

—No, mi salvador, contestó riendo; si este palacio fuera mio, ha tiempo que lo hubiera bebido. Pertenece á mi mujer; es lindo, no es verdad?