—Alquilais cuartos amueblados? le dije, mostrándole un cartelon.
—Para serviros doctor.
—A quién alojais en esta casa? preguntó Humbug con tono severo. Parroquianos de mi tribunal?
—Mi juez, dijo el borracho tartamudeando,—no soy bastante rico para ser severo; á la fortuna se la toma cuando se la halla, y á la virtud se la atrapa cuando se puede.
—Quién vive en el cuarto del primer piso, preguntó el abogado con aire picarezco.
—Que te importa á tí, charlatan? respondió el borracho. Eres tú quién pagas?
—Contestad, dijo Humbug; no olvideis que estais delante de un majistrado.
—Nada tengo que temer, dijo el Irlandés muy conmovido.
Debeis comprender, mi juez, que, en un cuarto de tres dollars por semana, y pagados de antemano no puede vivir sino jente honrada. Es una dama la que vive en el primer piso; y añadió á media voz, una linda dama, dulce, política, poco exijente, la perla de la casa.
—A quién recibe? continuó Humbug, que me veía palidecer.