—Oh Susana mia! esclamó la desconocida, despues de Dios tú eres quien me salva la vida. Cuánto bien me hacen tus palabras! tú, al menos, tú no me has abandonado.

Me olvidas á mi, dijo la niña.

No, mi queridita, repuso la jóven; tú eres la única que en la Escuela del Domingo se ha apercibido de mi ausencia; y, en mi familia, quién se acuerda de mi?

La niña saltó al cuello de su maestra y las tres mujeres se abrazaron llorando.

Será que hay contajio en las lágrimas? Será que la emocion era demasiado fuerte para mi? no lo sé; pero fuera dolor ó placer, el hecho es que al contemplar aquella escena no pude contener mis sollosos.

—Padre mio, esclamó Susana, vos aquí! porqué casualidad?

—Querida mia, la dije estrechándola contra mi corazon y procurando ocultar mis lágrimas,—los padres son cariñosos; hay dias en que no tienen que arrepentirse de averiguar donde van sus hijas.

—La curiosidad es un feo defecto, dijo Susana, amenazándome con el dedo. Un padre bien enseñado le diria á su hija:—La señorita me permite acompañarla?—Y sin hacerse rogar, la señorita tomaria el brazo de su padre, como yo lo hago ahora; le conduciria ante una pobre jóven que tiene necesidad de apoyo, y le diría, haciéndole una linda reverencia:—Doctor Smith, os pido vuestra amistad para mi querida Dinah.

—Señor, dijo la estranjera, tomándome las manos, bendecidla, es mi ángel salvador.