Habíase levantado al hablar y la sonrisa asomaba de nuevo en su pálido rostro, cuando de repente lanzó un grito terrible, y volvió á caer en el sofá, toda temblorosa y bajando la cabeza.
El cuácaro estaba delante de ella y cruzados los brazos mirábala con aire furioso.
—Perdon, hermano mio, murmuraba la infeliz, ten piedad de mí!
—Así es como cumples tu palabra! dijo Seth; tu madre te cree en camino para California; te ha bendecido al partir; será menester que te retire su bendicion?
—Seth, dijo la jóven anegada en lágrimas, partí, pero el valor me faltó: tengo necesidad de mi madre y de los que me aman.
—Dí pues, que tenias necesidad de verlo y de perderte.
—No, no, gritó ella, soy una muchacha honrada, él no sabe que estoy aquí, no lo sabrá nunca. Solo he visto á mi buena Susana.
—Y qué quieres hacer? repuso el cuácaro con una dureza que me lastimó. Tú lo sabes, en casa ya no hay pan para tí.
—Seth, repuso, no me abrumes; no seré en adelante una carga para vos. Susana me ha proporcionado un puesto de maestra de escuela en un arrabal donde nadie me buscará. Viviré de mi trabajo, solo te pido poder ir una vez por semana á abrazar á mi madre y volver á ver nuestra casa.
En medio de las escenas familiares, nada hay tan embarazoso como la presencia de un tercero; me retiré con Humbug, cuando en el fondo de la primera pieza, en un rincon oscuro, apercibí á Fox, que contemplaba un grabado ahumado. Era el retrato de Monarca hijo de Eclipse, vencedor del Derby en 1812. Confundir á un pícaro y gozar de su confusion es un doble placer; así no me hice el menor escrúpulo en saherir al calumniador.