—No os creía tan aficionado al Turf, le dije. Despues de cincuenta años los laureles del Monarca le impiden hablar al mas célebre abogado de Massachusetts, qué maravilla! vamos, si es cosa de ponerlo en los diarios.
—Por piedad, Doctor, murmuró él, hacedme salir.
Su rostro estaba tan alterado y su voz tan débil que en verdad me dió lástima.
No le creía capaz de tantos remordimientos. Hé ahí, pensaba yo cuan mal se juzga á las jentes. Imajínase que los abogados no son sensibles sino por cuenta de otros. Qué error!
Iba á entrar en el cuarto para pedirle á Seth la llave que habia guardado, cuando el cuácaro salió bruscamente, seguido de su hermana toda descabellada y á quien rechazaba con desprecio. Susana lloraba á lágrima viva; Humbug intentó interponer algunas buenas palabras; todos estábamos conmovidos; Fox solamente habia vuelto á su admiracion por Monarca; inmóvil y mudo, hubiérase dicho que queria hundirse en la pared.
—Te lo repito de nuevo, gritó el cuácaro procurando desasirse de las manos crispadas que le detenian de su vestido, las últimas palabras: “Tú no volverás á esta casa sino del brazo de un marido.” Puesto que ese bello desconocido te ha prometido casamiento, házle que cumpla su palabra.
—Es un pleito, esclamé; vamos, dichoso vengador de la inocencia, vamos, maese Fox, hé aquí el momento de mostraros.
Si un rayo hubiera caido á mis piés, no me habria espantado como la esplosion que se siguió á mi impertinente chanza. Apenas fijó Dinah sus ojos en el abogado, se enderezó como una loca riendo y llorando á la vez:
—Gabriel, gritó, mi Gabriel! Hélo aquí, hermano mio, hélo aquí!
No comprendí una palabra de aquella tempestad que acababa de desencadenar; el cuácaro era mas intelijente. Mientras que Dinah se echaba al cuello de su Gabriel, Seth hacia jirar sobre su regaton la vara de verga; y acercándose á Fox que palidecia visiblemente: