Devolvióse á Fox un resto de libertad de que no podia abusar, y toda la comitiva hizo alto en mi casa; aquello fué una fiesta, nunca se comió mas alegremente. Marta abria una boca como un horno, y suspiraba como un volcan admirando y sirviendo á su cuñada; Susana y Alfredo tenian siempre alguna cosa que decirse al oido; solo Dinah era admitida como tercero en aquellos misterios, en que se reia sin cesar. Seth devoraba cuanto habia sobre la mesa, con la satisfaccion de un hombre que ha terminado un gran negocio y que come en casa ajena. Humbug, que apesar de su enorme vientre, comia poco y no bebia mas que agua, se desquitaba de su sobriedad citandome los mas alegres versos de Horacio, este otro bebedor que cantaba en ayunas los placeres de la embriaguez:
Nunc es bibendum, nunc pede libero
Pulsanda tellus.
En cuanto á mí, recojido en mi mismo, me sentia gozoso, alegre y feliz como un niño. Pero nada puede dar la medida del contento y animacion de mi Jenny. No podia estarse quieta, iba, venia, llenaba todos los platos con roast beef[55], papas, jamon, pastel, queso, frutas y tortas, derramaba á torrentes la cerveza escocesa, el Madera y el vino del Rhin, para todos los hombres tenia una palabra amable, y una caricia para todas las mujeres. Un casamiento! era para ella lo mismo que haberse sacado la loteria grande. Si en la Biblia habia algun versículo que Jenny mirase como divinamente inspirado entre todos, era la gran palabra que Dios le dirije á la primer pareja en el Génesis: Creced y multiplicaos, diseminaos por la tierra y la sujetad. La exelente mujer no era ni Americana ni protestante á medias. El celibato era á sus ojos un crímen, ó por lo menos una enfermedad que no se podia curar demasiado. Si la hubieran dejado, no habria consentido ni un soltero en la tierra; me imajino que habria acabado por casar al Papa con la Italia.
CAPITULO XXVI.
La caridad.
Al dia siguiente, á la hora de almorzar, senti mi corazon muy aliviado. Dinah á mi derecha, Susana á mi izquierda me daban el aire de un patriarca en medio de sus hijos. Desde que me hago viejo, nada me place tanto como ver á mi al rededor esas jóvenes fisonomias, frescas como el dia que nacen, rientes como la esperanza. Ay de mi! Porqué no podremos apartarles las escabrosidades del camino! prestarles esa esperiencia que la vida nos vende tan cara y que de nada nos sirve!
Mi mujer no hacia las cosas á medias. Puesto que yo habia adoptado á Dinah, y que Fox se casaba con ella, Fox era el protejido de Jenny! Por consiguiente, habíale puesto su cubierto al lado de su bien amada.
Por lo demás, entró sin el menor embarazo con un ramillete blanco en la mano y abrazó á su prometida con aire vencedor. Cuando la cólera crispaba la cara puntiaguda del abogado no era hermoso; tierno y galante era horrible; hubiérase dicho una serpiente enamorada. Dinah no pensaba así; en vano yo le decía las cosas mas amables, no tenia ojos sino para su otro vecino. Raquel habia admirado menos á Jacob, cuando éste daba vuelta en el desierto la piedra del pozo para abrevar las ovejas de Laban. Las mujeres tienen en el mas alto grado el instinto de la propiedad, y de todas las propiedades la que mas les llega al alma es un marido. Pero al paso que una Francesa es una ninfa cazadora que una vez atrapado el pájaro no se acuerda mas de él,—la Americana se apodera de su marido con toda la aspereza y todo el celo de un paisano francés que se ha casado con la tierra. Es su bien, es su cosa; el desgraciado se convierte en un pájaro enjaulado, en un esclavo doméstico; pero pájaro acariciado sin cesar y esclavo cuyos mas mínimos deseos se adivinan. Los americanos abusan de tal suerte de su independencia fuera de casa, que en volviendo á ella ya no tienen voluntad. Ese yankee que hace consistir su gloria y su orgullo en no cederle á ningun hombre, no es en su casa mas que un marido benigno que oye á su mujer y se complace en obedecerla; suave con los débiles es intratable con los fuertes. Aquel pueblo tiene el espíritu al revés, no hace nada como nosotros.