Fox queria salir con Dinah para hacer algunas compras para el casamiento, Susana se opuso á ello.

—Señor abogado, dijo, lo siento mucho, Dinah me pertenece. La hemos hallado un puesto de maestra de escuela y está comprometida por seis meses; hoy debe comenzar sus funciones y no puede faltar á su palabra. Dentro de algun tiempo me será fácil reemplazarla y podré dejárosla toda una semana, hoy no es posible.—Papá, añadió, contamos con vos para nuestra instalacion.

—Querida hija, la dije, no olvides que yo tambien tengo deberes que llenar en el hospicio de la Providencia, y que estoy en descubierto. Ese pleito de ayer....

—Eso no es nada, dijo Susana; id inmediatamente á ver á vuestros enfermitos; nuestra escuela está en la calle Federal, cerca de la de los Noyers; os esperamos á medio dia.

Llegado que hube al hospicio, pregunté por el director; era este una mujer, la maestra de Susana, la célebre señora Hope, doctor en medicina y profesor de hijiene, y vaya otro contrasentido de esos que no se hallan sino en los Estados-Unidos. Por lo demás era una respetable matrona, que me acojió como á un cofrade, comenzando inmediatamente la visita conmigo.

El hospicio era un modelo; no he visto en ningun pais una instalacion tan perfecta. Vastos salones con un pequeño número de camas, anchamente espaciadas; nada de cortinas, mucho aire, discreta luz, silencio, limpieza esquisita, nada de ese olor rancio y nauseabundo que hace del hospital un objeto de repugnancia, y muchas veces una residencia envenenada.

Por primera vez hallé reunidas todas las condiciones que la hijiene reclama no menos que la caridad.

Al llamado de la señora Hope acudió un escuadron volante de jovencitas. Sus vestidos negros, sus delantales levantados, y sus gorras blancas dábanles un falso aire de hermanas de caridad. Eran las internas del hospicio, los futuros doctores con faldas de la libre América. Siguieron mi clínica con la mayor atencion; hízome mucho efecto la sencillez de sus espiraciones, cuando me esponian el estado del enfermo, y el cuidado con que tomaban nota de mis palabras y de mis prescripciones; pero como tenia demasiado buen sentido para tomar á lo sério aquel ensayo quimérico; preguntéle á la buena señora Hope que esperanza se prometia de aquella singular educacion.

—Creo, me dijo, que llegarémos á una gran reforma. Estas jóvenes discípulas que han estado dos años en el hospicio de la Maternidad, el año que viene irán á la clínica de las mujeres; haremos de ellas verdaderos médicos.

—Bravo! esclamé, para nosotros barbas grises será encantador el vernos cuidados por Hipócrates de diez y ocho años con miriñaques y encajes.