—No, me contestó, nosotros no nos ocuparemos de vosotros, señores. Pero el parto, el cuidado de los recien nacidos, las enfermedades y la locura de las mujeres, correrá de nuestra cuenta; eso nosotros lo entendemos mejor que vosotros. A vosotros se os dejará la cirujia y los casos estraordinarios; pero todo lo que una madre ó una mujer no os confia sino con pesar, lo tomaremos para nosotras; se os espulsará de un dominio que vosotros habeis usurpado. Introduciremos el pudor en la medicina; la preocupacion gritará segun su costumbre, pero las mujeres, los padres y los maridos estarán con nosotros, y la victoria será nuestra; no lo creeis asi doctor?
Qué se ha de responder á un fanático, sobre todo cuando ese fanático es una mujer, es decir un ser débil por naturaleza, aflijido por una obstinacion orgánica? Corté la discusion y continué mi visita. Las enfermedades no eran graves y los pequeños enfermos de tan tiernos y prudentes cuidados que poca cosa me quedaba que ordenar. Solo tuve que hacer una operacion y de poca importancia. Abrí en el cuello de un niño un absceso de carácter maligno, y mal colocado. La lijereza de la mano, la gracia y la elegancia de la cura son la gloria de nuestra escuela de París; asi obtuve un gran éxito cerca de mis jóvenes discípulos; mi vendaje, con sus repliegues injeniosos fué dibujado en el acto, y el dibujo colocado como modelo en la sala de las operaciones. Lo digo en verdad, viendo tanta intelijencia, tanta bondad y atencion, hubo momentos en que estuve por admitir que las mujeres sirven para algo mas que para dar tisana á los niños. Todo esto no anda muy mal, hubiera dicho Montaigne, pero qué! ellos no usan pantalones.
Hice á tiempo esta reflexion, y lo digo en honor mio, permanecí fiel á la antigua relijion de la facultad. Vivan las novedades en política, en ese terreno son inocentes, pero en saliendo de él viva la preocupacion! La prueba de que es saludable, es que tiene en su favor la mayoria y que á los novadores se les lapida. Hallé pues, encantadoras á aquellas jóvenes heréticas, pero la herejia era abominable, y no cedí.
Terminada la visita pasé al consejo de administracion; la señora Hope me acompañó, sentándose entre nosotros sin que su presencia llamára la atencion de nadie. Entre los trustees ó administradores, hallé algunas caras conocidas: á Rose el boticario, al bravo Coronel Saint John, al amable Humbug, y á Noé Brown, el insoportable puritano. La directora fué quién habló primero; espuso en buenos términos, y con las pruebas en las manos, la insuficiencia de la casa y la necesidad de comprar un jardin del vecindario para el uso de los convalecientes. Cuando ella terminó, preguntáronme mi opinion.
—Apruebo en todo esa excelente idea, dije, y estoy convenido de que dirijiendo y haciendo recomendar á la administracion una memoria tan neta y tan bien hecha, obtendriamos de aquí ocho ó diez años esa mejora urjente.
—De qué administracion hablais? preguntó el Coronel, que presidia por derecho de antiguedad.
—Hablo de la administracion jeneral de los hospicios.
—Qué mónstruo es ese? dijo Humbug riendo. Brown, es el nombre de algun nuevo Leviathan?
—Tregua á las chanzas, dije á Humbug; supongo que este hospicio depende, como todos los demas, de una gran administracion protectora y centralizadora: Es el Estado, es la Ciudad, es una corporacion la que regla, vijila y organiza la caridad? poco importa; lo evidente es que siempre se depende de alguna de esas cosas.
—Hé ahí, dijo el grosero Brown, que es lo contrario de la verdad. Gracias á Dios! nosotros no dependemos de nadie. Hénos aquí reunidos para aliviar la miseria, ponemos en comun nuestra buena voluntad, nuestro tiempo y nuestro dinero, sometemos nuestros estatutos al Estado, que hace de nosotros una corporacion; hecho esto, quién puede tener derecho á mezclarse en nuestros negocios? Es un crímen la calidad? Es una carga política ó municipal? Yo soy cristiano y socorro á los pobres á mi manera, quién puede pues, inmiscuirse en esto, que es para mi uno de los primeros deberes? Acaso se gana el cielo por procuracion?