—La acepto con toda mi alma, repuse arrebatado por la fogosidad de aquel inspirado, contad conmigo.

Una vez solo con Humbug, preguntéle si venia conmigo á la instalacion de Dinah.

—Tengo interés en no faltar, doctor Paradoja, me dijo con sonrisa maligna; me divertís mucho con vuestras magníficas teorías. Cuanto mas os oigo tanto mas aprecio la grandeza de nuestras instituciones.

—Gracias por el cumplimiento, le contesté, parece que mis elojios de la centralizacion os hacen el efecto de una demostracion de la libertad per absurdum; debiais ser mas caritativo mi buen amigo, y pensar que hay en la tierra otros paises que la América.

—Os veo venir, me dijo, fanático de la unidad latina, piadoso adorador de la Francia. Yo tambien amo á los Franceses; los nietos de La-Fayette son para mi hermanos; pero perdóneme ese pueblo injenioso, si le digo que hace sesenta años que persigue un problema insoluble. Poner la libertad en una carta, y el despotismo en la administracion es querer caminar atado de piés y manos; todo el talento del mundo reunido no lo conseguiría.

—Deveras, repuse sonriendo de aquella vanidad. Véamos, hombre práctico, decidnos pues lo que falta á los Franceses para elevarse hasta la civilizacion de los Yankees.

—Una sola cosa, dijo, con la mayor seriedad. En todos sus sistemas han olvidado la pieza esencial, sus políticos se parecen á Sam el distraido.

—Quién es Sam el distraido?

—Era el mensajero de mi aldea, dijo alegremente Humbug. Un muchacho lleno de penetracion y de malicia, osado hasta la temeridad, económico hasta la avaricia, exacto hasta la minuciosidad,—vamos, la gloria y el honor del Connecticut. Solo tenía un defecto,—que perdia la memoria. Un dia que tenia que distribuir mas de cincuenta paquetes en el camino, viéronle á cada paso inquieto y ajitado.—“Me he olvidado de algo, decia, pero qué es lo que he olvidado?” Al fin llegó al pais, y hé aquí sus hijos que salen á recibirle.—“Buenos dias, papá, dónde está mamá?”—Dios mio! gritó Sam, pegándose en la cabeza,—“hé ahí lo que me faltaba, he olvidado mi mujer!”

Es lo mismo que les pasa á los Franceses: tomad al azar una de esas constituciones que les han fabricado por docenas,—hallareis en ella al Estado y sus derechos, al individuo y sus derechos; pero falta....