—Qué falta? esclamé.

—La sociedad, respondió Humbug. A un lejislador Francés nunca se le ha ocurrido que la sociedad, es decir, la asociacion bajo todas sus formas, la libre accion de los individuos reunidos,—tuviera un puesto en la vida política de la Nacion. Nosotros los Americanos le damos el mas ancho dominio: el comun, la Iglesia, el hospicio, la escuela, la educacion superior, las ciencias, las letras. Cada asociacion es para nosotros una especie de familia agrandada,—y todas esas asociaciones, elevándose gradualmente forman otras tantas hiladas que arrancan del individuo para llegar al Estado. La América no es, hablando en verdad, sino una reunion de familias, que hacen por sí mismas sus negocios. Hay algo de esto en Francia? Allí solo se vé una cosa,—la administracion, inmenso pólipo que echa en todas partes sus brotes, que en todo se enreda, que todo lo toma y lo sofoca:

Monstrum horrendum, immane, ingens, cui lumen adeptum.

El pais está cortado en dos partes; de un lado el poder, con todos los recursos de una centralizacion formidable,—de otro una muchedumbre que obedece mas ó menos voluntariamente. De ahí todas las revoluciones que destrozan ese hermoso país, de ahí su eterno absorto. Ora debilitan la autoridad y la reducen á la impotencia, y creyendo agrandar la libertad, no llegan sino á la anarquía; ora se echan en el exeso opuesto, y estrechan todos los vínculos, y creyendo servir al órden, no llegan sino á lo arbitrario. Deplorable espectáculo el de un noble pueblo, que no sale del abismo sino para caer nuevamente en él!

—Y el remedio, querido amigo? Quién sabe si el carácter nacional no es la causa de ese mal éxito perpétuo?

—No creo, dijo Humbug, que haya pueblos nacidos para servir, no esceptúo ni á los negros; por otra parte no veo que la Francia haya hecho nunca un mal uso de la asociacion. Gracias á la administracion, que sobre-nada despues de todas las revoluciones, y se enriquece en cada naufrajio,—hánles rehusado siempre á los franceses esa apacible libertad, que atempera y predomina sobre todas las demas. Diez veces les han dado un voto que no les servia de nada; pero el cuidado de sus propios negocios todavía lo espera. Reyes durante una hora, hánles rehusado desde el dia siguiente hasta la facultad de obrar y hablar. Bajo tales condiciones la esperiencia no está hecha; la soberanía no es la libertad. Con la primera el pueblo no conquista frecuentemente sino el derecho de perderse; con la segunda, vive, crece y tiene en sus manos su fortuna y su honor. Cuando los franceses hayan hecho el ensayo de gobernarse por sí mismos, podrá condenárseles; hasta entonces nadie tiene el derecho de acusarlos. La Fayette, cuyos escritos leemos nosotros, al paso que quizá son desdeñados en Francia, reclamaba hace cincuenta años esa vida libre, esas reuniones libres que hacen nuestra grandeza. Si yo tuviera el honor de ser su compatriota,—hé ahí la herencia que quisiera revindicar. El que á los franceses enseñe que la centralizacion los esclaviza, que solo la asociacion puede salvarlos, ese hombre habrá arrancado por siempre jamás el jérmen de las revoluciones, plantando en fin en una tierra jenerosa el árbol que no nunca se secará. Y, con mas seguridad que Arquimedes podrá gritar: Eureka; porque habrá hallado simultáneamente dos tesoros mas preciosos que todas las riquezas del mundo,—la libertad y la paz.

—Bravo, Humbug! esclamé, estais elocuente. Pero mi buen amigo; si fuérais á contar semejantes fábulas á Paris, en Francia, os silvarian como á un soñador, esto es, sino os encerraban como á un sedicioso, en medio á los aplausos de la moderna Atenas.

—Eso no me sorprenderia, dijo; los atenienses de otro tiempo tenian un filósofo que la Pitia proclamaba ser el mas sabio de los hombres, y fué por esto que se dieron prisa en matarlo. Los sapientes de la Agora, las jentes prácticas acusaban á Sócrates de ser un revolucionario y un atéo. Qué es hoy dia de la memoria de esos grandes hombres de estado que habian salvado la patria, y que naturalmente se hacian pagar sus servicios? Un ciudadano no se detiene ante esos obstáculos miserables; defiende la verdad con una tenacidad invencible, señala el escollo, grita hasta que la corriente lo ahoga; salva algunas veces á las jentes á pesar de ellas, y nada espera sino de la posteridad. El reconocimiento es la virtud del porvenir.

Singular pueblo! murmuré, entre estos almaceneros las convicciones son pasiones, al paso que entre nosotros, pueblo heróico y teatral, las pasiones y los intereses son las que...... guardé para mi el resto de la reflexion.